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Diario del Nuevo Mundo de Juan Larrea (nota = 7,2)

Crítica de EL PRÍNCIPE DE VER/LEER

Tuve la suerte de ser invitado a la presentación de Diario del Nuevo Mundo de Juan Larrea, una de las obras de autores no demasiado conocidos que la Fundación Banco Santander está publicando.

Lo primero que conseguí gracias a esto fue conocer bien la figura de Juan Larrea que, hasta entonces, para mí solo era uno de los poetas poco conocidos de la generación del 27. Y mereció la pena. Este es uno de esos personajes sorprendentes en muchos aspectos. En artículos como este, se dice por ejemplo que tenía sueños premonitorios y que podía adivinar el futuro (adivinaba números de lotería y caballos ganadores), que le perseguían las palomas, que Alberti le imitó en su Sobre los ángeles, que ayudó a Picasso con el Guernica, que la gente dijo que El perro andaluz de Buñuel parecía un poema suyo, que ayudó a muchos miembros de la generación del 27 a huir de España, que reunió la que hoy es la mayor colección de arte precolombino fuera de América. Y para colmo, el original del Diario del Nuevo Mundo lo tenía Alejandro Finisterre, inventor del futbolín y amigo suyo.

También me permitió la invitación escuchar las palabras de Gabriele Morelli y José Manuel Díaz de Guereñu, encargados de la edición de esta obra, además de conseguir un ejemplar gratuito.

Al ser el libro una recopilación de anotaciones esporádicas en forma de diario que Larrea escribió durante su estancia en México no existe una continuidad narrativa, pero sí se aprecian muchos de los fascinantes pensamientos que los dos expertos en Larrea destacaron en sus intervenciones. Larrea era un hombre convencido de que el ser humano es algo más, de que la vida es el resultado de la combinación de una serie de elementos ocultos, que solo se pueden detectar a veces con las casualidades. El autor encuentra en estas casualidades (basadas en números, como el cuatro, o en la figura de la paloma, o en la coincidencia de nombres) una muestra clara de la transcendecia del ser humano.

Es precisamente esa convicción razonada, entre lo subjetivo y lo objetivo, la mayor aportación de la obra. Y, aunque tal vez la creación de un nuevo mundo con base en América pueda considerarse una fantasía del autor, sí es verdad que todavía hoy Europa necesita encontrar su conciencia, abandonar el culto a lo meramente físico, a lo que precisamente no distingue al ser humano del resto de la naturaleza. Es necesario un nuevo mundo en el que no se prefiera «la cáscara del huevo a su contenido». Para eso es necesaria una confianza total en la condición especial del ser humano y de su papel en la naturaleza, algo que Larrea ve en las extrañas conexiones de distintos puntos de su vida y también en la religión, unos medios que por alguna razón la gente hoy ha abandonado. Ahora, como decía el autor, «nadie responde cuando se habla de razones superiores. No entienden más lenguaje que el de las conveniencias inmediatas». Y eso que en su época no había redes sociales aún.

Si esto en sí mismo es un problema, lo es más aún porque se ha perdido la felicidad. Y no la felicidad pasajera, sino la total, la que lleva a Larrea a decir que «la vida es perfecta pase lo que pase». Se ha perdido algo crucial en el pensamiento de Larrea: el optimismo.

¿Por qué se llama Diario del Nuevo Mundo? Porque Larrea cree que el renacer de la conciencia de trascendentalidad del ser humano debe nacer en América, el Nuevo Mundo (con mayúsculas, como todo lo superior para Larrea), lugar desde donde se puede dejar atrás la cascaridad de Europa.

¿Por qué o por qué no leerla? Como obra literaria no es gran cosa. Son solo anotaciones personales a veces de difícil comprensión. Pero, por el afán tan inspirador del autor de entender el sentido del ser humano, merece la pena leerla. Es un buen acicate para afrontar con optimismo la búsqueda de lo que nos hace distintos, de lo que permite encontrar la felicidad hasta en los momentos de mayor angustia, de enfrentarse a los problemas universales (algo que Larrea ve que ya en su época ha abandonado la literatura joven de España). Obras como esta dan ánimo a los que intentamos, ya sea a través de la poesía o de cualquier otra manera, crear y descubrir nuevos caminos para entendernos y abandonar de una vez las viejas y manidas ideas, en un mundo donde la gente se limita a copiar o como mucho a reformular los tópicos que solo conducen al pesimismo y a la absurdamente baja consideración de nuestra especie. Somos algo más y un visionario como Larrea muestra algunas vías para descubrirlo, por muy excéntricas que a veces puedan parecer.

Como comparto con él algunas ideas, retomo su atención a las casualidades y, ¿por qué no?, veo con asombro la cantidad de cosas que han tenido que pasar para que haya llegado a mí esta obra. Por algo será.

La señorita Julia de August Strindberg (nota = 5,7)

Recientemente ha salido la película La señorita Julia basada en la obra de teatro La señorita Julia de Strindberg. Como era una de las que tenía en mi lista de teatro, me leí la obra de teatro.

Antes de nada, he de reconocer que la leí con poco interés y algo cansado. Quizás por eso me pareció muy mala y muy poca cosa. Por suerte, la obra es muy corta y se lee en menos de cuarenta minutos. Se reduce a una escena con tres personajes, lo cual a mi gusto da para poco. Es verdad que se trata un tema bastante peliagudo sobre diferencia de clases y de sexo, de obediencia a lo que nos ha tocado ser, pero no me parece que se haga de una manera sobresaliente o magistral como para tener la fama que tiene. Supongo que para la época (se escribió en 1888) fue un bombazo, pero ahora, vista con más distancia da la sensación de ser una obrilla de poca monta, escrita en un ratito tonto del autor. Me dejó una sensación parecida a Casa de muñecas de Ibsen, donde se puede apreciar el valor social que tiene, pero se echa de menos el valor literario.

Según he leído, en la película se intenta estirar la cosa con poco acierto. Por tanto, de momento no la veré, con mayor motivo aún sabiendo que salen la desagradable Jessica Chastain y Colin Farrell, quien, no sé si desde la de Mr. Banks o desde cuándo, me da gafe . Aun así, supongo que me volveré a leer algún día la obrilla, intentando buscarle la gracia, como cuando uno escucha con ahínco una canción.

¿Por qué se llama La señorita Julia? Porque la protagonista, la hija de un conde, se llama Julia. Esta tiene un desliz amoroso con su criado Juan, de donde surge el conflicto y el pesado diálogo en el que discuten si se van o no se van juntos los dos personajes, bajo la mirada de la otra criada, Cristina, y la invisible presencia del conde.

¿Por qué o por qué no leerla? Leerla es fácil porque es cortísima. Recomiendo, eso sí, que el lo haga se empeñe en comprender el valor social que pudo tener y en buscar los aciertos literarios de la obra; con la fama que tiene, seguro que alguno tendrá. Yo ahora hojeando la obra he descubierto algunas muestras, como cuando se dice que «el amor no falta, aunque dure poco». Quiero creer que con otra lectura más atenta la nota de la obra subiría.