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Las inquietudes de Shanti Andía de Pío Baroja (nota = 7,6)

Una de esas novelas que siempre he querido leer y que tengo en mis listas es Zalacaín el aventurero de Pío Baroja. El día antes de empezar a leérmela se lo comenté a un amigo y me dijo que era mucho más entretenida Las inquietudes de Shanti Andía. Así que me decidí por esta segunda, que también era mítica de Literatura del colegio.

Y, efectivamente, es entretenida, mucho más amena que La busca, por ejemplo. Lo malo es que cuanto más entretenida se va volviendo, menos profunda se torna en sus reflexiones, de tal manera que la primera parte destaca por los sentimientos tan profundos que refleja, mientras que la segunda parte destaca por las aventuras al estilo de Stevenson, Verne, Salgari o, incluso, de las Novelas ejemplares de Cervantes con las que comparte cierto regusto. Esta bipartición se ve claramente reflejada en la gran diferencia entre el número de frases que subrayé al principio y al final de la obra.

A mí me gustó más la primera parte, y eso que la leí en Navidad con poca continuidad y leyéndome entre medias La semilla inmortal. En esa primera parte son breves pero magistrales las reflexiones sobre el mundo del escritor, la niñez y su visión y enfrentamiento con el mundo, con los adultos y sus decisiones y pensamientos y con la escuela. Este mundo de la niñez se va llenando de juventud y de madurez en una transición magnífica en la que el personaje se va acomodando y viviendo «como los demás» en un mundo difícil y distinto de lo esperado, en el que quizás «la bondad y el amor sean una anomalía», un mundo en el que va descubriendo lo que en verdad es el amor, en el que se da cuenta de la estolidez de casi todos los adultos, en el que lo pasado va siendo cada vez más pesado en la balanza de la vida. Recomiendo vivamente leer el primer capítulo del Libro Tercero.

Curiosamente, en la primera parte el personaje se ventila años de aventuras en el mar, que deberían resultar fantásticas para un joven, en pocos párrafos dejando más espacio a describir la convivencia con su familia, las situaciones aparentemente cotidianas, que cobran de esta manera un grado de interés mucho mayor. Y, por el contrario, en la segunda parte, cuando el personaje ya debería estar cansado de aventuras, es cuando con más detalle se cuentan, como si el cansancio y la fatiga producidos por la vida real le hubieran dejado ya solo ganas de pensar en fantasías. Si esta es la visión que Baroja quiso dar de la vida, me parece estremecedora y soberbia.

La conclusión es que esta es una obra amena, sí, pero llega más lejos que eso. Nos brinda una imagen de la vida en la que la verdadera aventura es vivir, hagamos lo que hagamos en ella. Podría estar en nuestra mano hacer de la vida algo mejor si hiciéramos caso a la frase que aparece casi al principio de la obra:

«Y yo, por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad del porvenir.»

Toda la obra destaca además por su español simple, pero delicado y preciso, cargado de bellas imágenes, sin ser, por suerte, demasiado prolijo en las descripciones.

¿Por qué se llama Las inquietudes de Shanti Andía? Shanti (Santiago) Andía es un vasco de un pueblo inventado llamado Lúzaro (leo que inspirado en la playa de Saturraran). El uso de inquietudes en el título en vez de aventuras es muy acertado, pues, aunque abundan las aventuras, lo verdaderamente trascendente en la novela son las reacciones y las inquietudes del protagonista, quien acaba sumido en la tristeza dando paseos por el mar, sufriendo por que alguno de sus hijos quiera ser marino y acabe, como él, dándose cuenta de que ni con eso la vida cambia. Quizás esa sea la razón del «y, sin embargo…» con el que se cierra la obra.

¿Por qué o por qué no leerla? Como bien me habían dicho es una obra entretenida, pero aconsejaría leerla en busca de esa sensación de que, por mucho que hagamos en la vida, la vida es como es y lo único que nos queda es estar más o menos distraídos o, lo que es lo mismo, tener más o menos ratos para pensar, ratos que en los últimos tiempos está muy de moda decir que no se tienen porque se está muy ocupado. Yo recuerdo cuando antes se presumía de tener tiempo libre para estar en casa leyendo y pensando. Leo en una crítica a alguien lamentándose de no haber leído la obra en el colegio. Yo no creo que sea una obra para leer demasiado pronto. Quizás es mejor dejarla para cuando el peso de la balanza se incline más hacia el lado del pasado.

El mar de John Banville (nota = 7,0)

Como buen oprtunista, en cuanto me enteré de que le habían dado el Príncipe de Asturias de las Letras a John Banville, busqué algún libro suyo para comprarme por Amazon y consideré que El mar era el más apropiado. En mi favor he de decir que ya llevaba tiempo queriéndome leer algo de Banville, desde que vi que sonaba para el Nobel.

Como yo estaba con La Regenta, a mi madre le dio tiempo a leérselo antes (no es muy largo) y dijo que «sin más». En cuanto acabé con La Regenta me puse con él y efectivamente es un libro «sin más». Pero aun así algo se puede salvar. Había leído en las reseñas que es una novela en la que cada frase dice algo y que hay frases que merecen ser leídas más de una vez. Es verdad en parte, en algunos casos hay que releer las frases porque es difícil de seguir, y eso que me lo he leído en español, pero también hay frases que se pueden releer. Entre las frases destaqué una porque es algo que mi hermano siempre dice, que las grandes desgracias le pasan a la gente buena y beata: «La desdicha, la enfermedad, la muerte prematura, esas cosas les pasan a la buena gente, a los humildes». Además tiene palabras de las de apuntarse para que no se olviden (he tenido que buscar bastantes en el diccionario); no sé cómo serán en inglés, pero en español son, como yo digo, deliciosas. Un ejemplo es apotropaico, que se dice de los ritos que sirven para alejar un mal. También aparece varias veces la expresión risa sardónica, lo que me hizo buscarla al final en el diccionario por saber el origen para descubrir que el jugo de la sardonia, que es una planta, hace que los músculos de la cara se tensen en forma de risa. Esto entrará en la novela lingüística que estoy preparando.

En cuanto al argumento, la historia es bonita y conmovedora, pero, en primer lugar, a veces uno tiene la sensación de que son cosas que a uno no le importan y que no aportan demasiado a la novela y, en segundo lugar, es algo confusa a veces a la hora de mezclar historias pasadas y presentes, en lo que me recuerda un poco a En la orilla de Chirbes.

Al terminarla todavía me quedaba un rato antes de dormirme y me leí el prólogo (de la edición de Libra) y la introducción del Decamerón de Bocaccio, después de verlo representado en parte en el quinto capítulo de Da Vinci’s Demons. Me iré leyendo los cien cuentos poco a poco. Ahora en teoría por lista me toca leerme La subasta del lote 49 de Pynchon, como ya dije, pero ya veré lo que leo, quizás El coronel no tiene quien le escriba o a lo mejor ya espero y elijo alguno mañana, que me voy unos días a la playa.