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La Galatea de Miguel de Cervantes (nota = 6,9)

Crítica de EL PRÍNCIPE DE VER/LEER

Una de las obras grandes de Cervantes que me faltaba por leer era La Galatea. Algo decepcionado por no haber encontrado en las Novelas ejemplares o en Los trabajos de Persiles y Sigismunda el nivel del Quijote empecé esta con pocas expectactivas y más cuando recordé que era de tema pastoril. Seguir leyendo La Galatea de Miguel de Cervantes (nota = 6,9)

Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes (nota = 7,4)

El supuesto descubrimiento de los huesos de Cervantes no ha dejado a la gente tan indiferente como a mi parecer debería. Unos porque lo celebran como si se hubiera descubierto una obra de la calidad del Quijote y otros porque se quejan o bien de que se quiera hacer negocio del tema o bien de que la gente celebre este tipo de hallazgos pero no celebre los hallazgos lingüísticos de Cervantes en el Quijote, seguramente porque o no lo han leído o, al menos, no lo han leído a la edad apropiada, que no es la niñez.

Por mi parte yo, persona a la que le gusta sacar provecho de todo, decidí tomarme estas noticias como acicate para dar un paso más en mis lecturas de Cervantes y leerme Los trabajos de Persiles y Sigismunda, tras el Quijote y las Novelas ejemplares. Sospechaba que iba a ser más parecido en estilo a las Novelas ejemplares, cuyo estilo ya dije que era bastante peor que el del Quijote y cuyas eran historias menos divertidas. Aun así, como filólogo, me daba algo de apuro no haberme leído esta obra. Seguir leyendo Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes (nota = 7,4)

Señas de identidad de Juan Goytisolo (nota = 5,7)

Habiendo conseguido el premio Cervantes Juan Goytisolo, tenía que leer algo suyo. Me sonaba que tenía por mi cuarto Señas de identidad de los 100 de El Mundo, así que decidí leerme ese, que luego vi que es probablemente el mejor suyo. Esperaba tan poco del libro como espero de cualquier novela española medio moderna y más teniendo la sospecha de que en este no había signos de puntuación.

Pues bien, por suerte solo el principio y alguna parte intermedia del libro carecen de los signos de puntuación. Pero tampoco hay demasiada diferencia con el resto de partes. El libro es un conjunto de frases e historias que se suceden de una manera bastante poco atractiva. En la introducción de Juan Bonilla se lee que el autor juega con el ritmo y es verdad. Tan bien juega que lo que consigue es crear un soniquete o una melodía que duerme o más bien que hace que sea muy difícil enterarse de lo que uno está leyendo y perderse en los pensamientos propios ante cualquier palabra mínimamente evocadora de una preocupación personal. Esto se acrecienta con el excesivo número de ocasiones en las que se emplea el francés, la falta de linealidad en la narración, la insoportable abundancia de listas y enumeraciones (recurso que detesto con el alma), las inútiles, aburridas, innecesarias y empalagosas descripciones de paisajes (en un caso me vi obligado a escribir indignado que esa parte sobraba) cargadas de garambainas (palabra que aprendí en esta novela), las abrumadoras partes en cursiva que ralentizan la lectura y aparentemente no aportan nada (como la espantosa parte de Gorila, Gitano y no sé quién más) y el escaso interés que suscitan los personajes. Y todo ello para no llegar a emocionar en ningún momento tal y como debería hacer un libro con un tema tan delicado. Algo que, sin ir más lejos, su hermano José Agustín (con la ayuda de Paco Ibáñez) conseguía con sencillos y poemas algo más breves.

Es, por tanto, un libro que requiere una dedicación y un tiempo excesivos si se quiere leer bien y aprovechar, tiempo que recomendaría emplear en leer una y otra vez el Quijote, por ejemplo. Solo salva al libro el español tan preciso, bonito y delicado que emplea el autor. Bien es cierto que muchas de las palabras y expresiones que se usan las pongo en boca del personaje de mi novela como parodia contra los que innecesariamente hablan con sinónimos poco conocidos. Pero aquí, creo justo elogiar también la cuidada y atractiva sintaxis que se ofrece.

Pero es que además el autor utiliza sus artificios y tejemanejes vanguardistas de una manera caótica y difícilmente justificable, con lo que se demuestra una vez más que para innovar a peor, es mejor quedarse como uno está. Como le dijeron a Bolo en un partido del Rayo cuando intentó marcar de tacón, si no sabes marcar ni de frente, no lo intentes de espaldas.

Así pues, al margen de si uno está de acuerdo o no con las ideas expuestas en el libro y sobre el sentimiento que provoca vivir en nuestra España (se nota mucho el cambio, por ejemplo, cuando uno vuelve después de algunos meses de estancia en Noruega y solo cuando se está en algún aeropuerto cerca de España se empieza a oír el griterío), al margen de eso, digo, la novela es un petardo muy difícil de leer, aunque, eso sí, con un español muy decente y un vocabulario en ocasiones delicioso.

¿Por qué se llama Señas de identidad? Dentro de lo poco que me interesó y de lo poco que me enteré de la novela, el personaje Álvaro de Mendiola, al volver a España del exilio busca sus señas de identidad. Casi al final de la novela el protagonista se encuentra o, utilizando el casposo tú con el que nos atormenta el autor, según leo emulando a Cernuda, te encuentras «extraño y ajeno a ti mismo, dúctil, maleable, sin patria, sin hogar, sin amigos, puro presente incierto, nacido a tus treinta y dos años, Álvaro Mendiola a secas, sin señas de identidad».

¿Por qué o por qué no leerla? Que se abstenga de leerla quien tenga pendiente cualquier otro libro clásico del español. Que se abstenga a quien le gusten las historias bien estructuradas e interesantes. Que no se abstenga quien quiera comprobar cómo se entrega otro Premio Cervantes a quien no se debe y quiera entender por qué la gente ya no quiere leer la supuestamente buena literatura al relacionar a estos con los verdaderamente buenos e inimitables autores. Que no se abstenga quien quiera un trampolín para ponerse a pensar en sus cosas.

Lista por ver/leer 3

20150321_161631La catedral del mar
Paul Auster – Brooklyn Follies
Fausto
Así habló Zaratustra
Gulliver
Pilares de la tierra
La montaña mágica
Memorias de Adriano
La conjura de los necios
Elogio de la locura
La feria de las vanidades
Discurso del método
Del sentimiento trágico de la vida
Manifiesto comunista
Mi lucha
Archipiélago Gulag
Mortal y rosa
Bernal Díaz del Castillo
Carmen
Juana la Loca
Los Borgia
Medici: padrinos Renacimiento
Los Tudor
El Corán
El libro de Mormón
La interpretación de los sueños
Kawabata
Rebecca
Rayuela
Casa de muñecas
Ubú rey
Ensayos Montaigne
Alice Munro
Fred Vargas
Anna Gavalda
Zalacaín
AMDG Ayala
Los detectives salvajes – 2666 – Bolaño
La tregua – Benedetti
El jinete polaco – Muñoz Molina
Tiempo de silencio
Bomarzo
Beatriz y los cuerpos celestes
Libro de Job de la Biblia
Gogol – Almas muertas / Taras Bulba
Knut Hamsun – Hambre
Tristam Shandy
John Banville – El mar
Plácido
La dama de hierro
Poemas de Paul Celan
Céline – Viaje al fin de la noche
Sandor Marái – El último encuentro
Echegaray
Love Story
Novelas ejemplares
Persiles Segismunda
La verbena de la paloma 1963
Capitán Blood
M vampiro
Sostiene Pereira

Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes (nota = 7,8)

Ayer terminé de leer las Novelas ejemplares de Cervantes, otro de los imprescindibles que me faltaban por leer.

La primera impresión es que el estilo de Cervantes es magnífico, la sintaxis es insuperable, el tono es embelesador, pero cuando de verdad se convierte en una maravilla es con el tema de la locura. Por eso, estas novelas, aunque tienen un toque parecido al del Quijote, no llegan a su nivel. Solo El licenciado Vidriera, a la que yo le daría individualmente más de un 8,5, es decir, la recomendaría vivamente, se acerca a la brillantez del Quijote. Las respuestas del licenciado, su crítica a los malos poetas y las bromas que le gastan son muy graciosas. En algunos casos hacen falta notas —yo cogí un libro de Castalia que tenía mi hermano— para entender los juegos de palabras y las respuestas en latín. El resto de novelas son historias bastante simples donde siempre hay una separación entre amados, siendo siempre la amada la más bella que ojos hayan visto, o entre familiares. La separación generalmente es o por un rapto o por una huida por deshonra. Y siempre hay un feliz reencuentro. Nunca acaban mal, tal como creo que advierte Cervantes en el prólogo. Los malos siempre son castigados y los buenos premiados.

Me llamó la atención que Rinconete y Cortadillo, que es la más famosa, es bastante mala, a mi gusto la peor. Tampoco es demasiado bueno el Coloquio de los perros, también famoso, que aparece dentro de El casamiento engañoso. Las mejores para mí, bastante lejos de El licenciado Vidriera, que es otra cosa, son El amante liberal, con una divertida historia de moros y barcos, La española inglesa, donde el amor verdadero triunfa, o El celoso extremeño, donde un hombre muy celoso encierra a su esposa. Pero, vamos, que son todas entretenidas pero simples.

El hecho de que el argumento y la temática sean bastante simples e ingenuas no quita que como me pasa con el Quijote este haya sido uno de los pocos libros en los que a veces subrayo cosas no por lo que en ellas se dice sino por cómo están escritas, con un léxico y una sintaxis que no he visto en nadie más.

Ahora me quedan La Galatea y Persiles y Sigismunda. Pero antes seguramente me lea Los detectives salvajes de Bolaño, El Buscón o Conversación en La Catedral de Vargas Llosa. Aún tengo que decidir.

El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (nota = 9,1)

Sí, puede sonar típico, pero la segunda parte del Quijote supera el 9. Llevaba años queriendo leérmela, no solo por el bochorno de no habérmela leído como filólogo, sino porque la primera parte me gustó mucho, no ya por las historias, que en algunos casos son aburridas, sino por la forma en la que Cervantes utiliza el español, a mi gusto de manera insuperable. He de reconocer que la primera parte me la leí dos veces, la segunda vez en busca de lo de “con la iglesia hemos dado, amigo Sancho”, con el consiguiente desengaño al descubrir que la frase debía estar en la segunda parte. Luego ya no tuve tiempo de leer la segunda parte hasta ahora. Uno de los principales motivos por los que he vuelto a ella es que quiero escribir una novela al modo del Quijote y quería captar el estilo de burla, pero a la vez tan elaborado de Cervantes. A mí generalmente se me queda con facilidad el estilo de lo que leo. Cuando leí la primera parte llegué a pensar al estilo de Cervantes y casi a hablar.

Pues como no podía ser de otra manera, la segunda parte es una obra maestra, diría que incluso mejor que la primera. Cervantes, claramente, usa el español mejor que cualquier otro escritor. Cuando llevas 100 páginas, te das cuenta de que casi no te ha contado nada, pero has estado entretenido y envuelto en las palabras sin enterarte. Cualquier cosa sonaría bien contada a su manera, pero es que encima la forma en la que don Quijote va convenciendo a Sancho de todo, la inocente manera de hablar de Sancho, las ilusiones conjuntas, los encuentros con otros, las frases lapidarias de don Quijote, son deliciosas. Subí a Facebook la parte en la que a unas mujeres les salen barbas por un encantamiento y no podía parar de leer el párrafo una y otra vez, disfrutando en todas. También es muy graciosa la forma en la que Cervantes se ceba con el autor de la segunda parte falsa del Quijote, Avellaneda, hasta el punto de que don Quijote no pasa por Zaragoza para evitar que pase lo mismo que en el Quijote de Avellaneda. Da mucho juego en el libro, además, el hecho de que algunos personajes se hayan leído la primera parte del Quijote y reconozcan así a don Quijote y Sancho. Pero, sin duda, lo mejor es cómo don Quijote va respondiendo a Sancho preguntas de las que el lector se cree que don Quijote ya no tiene salida. Las respuestas de don Quijote convencen hasta al lector. Me encanta, por ejemplo, que muchas cosas las atribuyan a los malvados encantadores.

Es pues esta una lectura deliciosa. Ahora, si no tuviera que variar en las lecturas por el síndrome de Fausto, me habría puesto con las Novelas ejemplares y demás obras de Cervantes.

Ah, por último, me ha quedado una duda con lo de la ínsula de Barataria. Yo siempre había pensado que cuando prometían a Sancho una ínsula -por cierto, las respuestas de Sancho cuando es gobernador de la ínsula de Barataria no tienen desperdicio- que cuando le prometían una ínsula, digo, se referían a una isla, pero luego parece que es solo una parte de una región con gobierno y así aparece en el DRAE, aunque pone a semejanza del Quijote, lo cual no sé si significa que a partir del Quijote se empezó a llamar ínsula a eso o si ya se llamaba así. Lo que pasa es que luego en el libro un personaje le dice a Sancho que cómo va a haber gobernado una ínsula si para eso tendría que haber cruzado el mar hasta llegar a ella. Un lío, vamos.

Y, hablando de ínsulas, ya sí que para terminar una frase de Sancho que bien se podrían aplicar algunos políticos:

“Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas.”