Archivo de la categoría: Libros

La Regenta de Clarín (nota = 7,2)

Hoy he terminado en un último empujón La Regenta de Clarín, que esta noche quiero empezar con El mar de John Banville, al que le dieron el otro día el Príncipe de Asturias de las Letras.

El objetivo principal al empezarme La Regenta y lo que hizo que me decidiera por ella era desprenderme de la culpabilidad de no habérmelo leído (entero). Así que al menos eso está conseguido. Lo que no he terminado de conseguir es entender el valor literario tan alto que se le atribuye. He de reconocer que la manera de escribir de Clarín es bastante atractiva, de fácil y agradable lectura, con palabras y frases deliciosas.  También las distintas referencias y citas que abundan en el libro, sobre todo las de textos latinos, son muy interesantes, de las que a uno le gustaría saberse de memoria. Falla, sin embargo, la excesiva descripción de las cosas, de los paisajes, de determinados momentos que, a mi gusto, entorpecen no ya solo el argumento, que se vuelve lento y pesado, sino la lectura en general; y más si a esto sumamos el exagerado número de notas de la edición de Cátedra, que no supondría tanto problema si no fuera porque la mayoría de ellas tratan temas interesantes y, por tanto, son difíciles de esquivar. Una de ellas, por ejemplo, me llevó a la llamativa crítica que se hace de la forma en la que se elabora el diccionario de la RAE en Apolo en Pafos, también de Clarín, a partir de la página 54, claramente aplicable a lo que pasa en la actualidad.

Sé que el abuso y la minuciosidad en la descripción es culpa del Realismo o del Naturalismo y entiendo que haya quien le encuentre un mérito literario y social inigualable, pero a mí me parece excesivo y evitable o, al menos, reducible. Hay veces que parece que se está haciendo de broma.  Además, como en El conde de Montecristo, por poner un ejemplo, es difícil quedarse con todos los personajes, a pesar de las recurrentes apostillas que se hacen cuando aparecen sus nombres, que para complicar más la cosa pueden ser tres o cuatro por personaje. Por otro lado, el final es inquietante y sobrecogedor, pero queda un poco fuera de lugar.

Me ha gustado, eso sí, la manera en que Clarín vuelve al pasado conectando la historia ya contada con otra, que se narra desde la perspectiva de otro personaje, como si se grabaran con varias cámaras. Eso es magistral, como Fermín de Pas.

Pero la idea general que me queda y que se me ha ocurrido mientras acababa el libro es que es como un partido de baloncesto que llega a los últimos minutos empatado, ante lo que uno se pregunta que para qué ha servido todo lo demás, que bien podrían haberse jugado solo cinco minutos. Los logros de la novela son en este sentido como canastas, que suman pero poco en comparación con el resultado final. Y para colmo yo recordaba más interacción entre la Regenta y el cura.

Para terminar con algo positivo, he de atestiguar que aparece una idea que me contó un amigo y cuya presencia en la novela yo dudaba: la de que las mujeres tienen quince minutos o un cuarto de hora al día de debilidad, en los que es posible conquistarlas, sea cual sea su condición. Es lo que Álvaro de Mesía llama el momento crítico.

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Casa de muñecas (nota = 5,8)

El viernes por la tarde la idea era ver El rey Lear, que lleva años en mis listas, pero cuando fui a buscarla no la tenía. Después de meditar lo que iba a ver decidí ponerme algo de teatro, que llevaba mucho sin ver y encontré en youtube Casa de muñecas de Ibsen, que es imprescindible. La versión que vi, y que he puesto en el link, es española, con Berta Riaza como Nora.

Pues bien, la obra será imprescindible y entiendo el valor que pueda tener para la liberación de la mujer, pero es bastante simple y aburrida. Ni siquiera la presencia de Agustín González, que ya sabéis que me suele gustar, anima la cosa. Lo más memorable, de lo que mi hermano se acordaba desde el colegio, es que él la llama a ella ardillita, pero la verdad es que hay poco más. Lo bueno es que es una versión fiel que se puede ir siguiendo con el libro. El tema es de los que más me suelen inquietar: el hecho de que alguien haga algo por el bien de otro, pero haciendo una cosa que no debe. ¿Luego se puede enfadar la otra persona al enterarse? No cuento el final.

Así que, entiendo el valor que pudo tener la obra en 1879, pero ya está un poco pasada. De momento no veré Un enemigo del pueblo que es la otra de Ibsen que viene en las listas del librito de César Vidal.

Después de terminar Casa de muñecas seguí con la miniserie de El conde de Montecristo.

La voluntad de Azorín (nota = 7,4)

Empecé La voluntad pensando que iba a ser una novela del tipo de La busca de Baroja, pero ni por asomo. Aunque tiene algunas pinceladas de novela costumbrista y realista, ambientada en Yecla, lo que predomina son pensamientos y reflexiones, algunos de ellos sacados de escritos anteriores.

El estilo es muy cortado, al que al principio cuesta un poco adaptarse, pero luego uno se acostumbra y es verdaderamente delicioso; no tanto las continuas ristras de adjetivos. A veces las historias que cuenta entorpecen un poco, como la parte en la que se describe la vida de las monjas, pero en general es un libro muy ameno de leer y con un gran número de frases de las que se pueden subrayar, sobre la curiosidad, la originalidad, los políticos, sobre el hecho de que todos vamos a acabar siendo periodistas, como así parece que ocurre estos días con las redes sociales, donde la noticia inmediata es lo único que parece valorarse. Destaca la parte dedicada a la democracia, a la que considera como “el absolutismo del número” (capítulo VII de la parte segunda):

El número no podrá nunca ser una razón: podría serlo si la masa estuviera educada […] Hoy todos los que no tenemos intereses ni aspiraciones políticas estamos convencidos de que la Democracia y el sufragio son absurdos, y que un gran número de ineptos no han de pensar y resolver mejor que un corto número de inteligentes.”

Es también excelente la parte tercera, si bien bastante desoladora, en la que se cuestiona si es bueno leer libros y tener lo que algunos llaman cultura, es decir, si es pertinente saber de lo que saben los demás o si es mejor dedicarse a pensar sobre la vida de uno mismo, que es la verdadera.

Estoy deseando leer Antonio Azorín, aunque de momento debo pasar a otros autores porque, como Azorín al principio de La voluntad, yo leo “en pintoresco revoltijo” sin “criterio fijo”. Como él, lo amo todo y lo busco todo; soy “un espírutu ávido. Estoy dudando si empezar La Regenta, que es indispensable pero muy larga o si ponerme con alguna corta como Historias de cronopios y de famas de Cortázar o Cienfuegos de Vázquez Figueroa. En teoría, la que me toca por la lista es La subasta del lote 49 de Pynchon, pero prefiero leer literatura española. A la vez, de momento, estoy leyendo La física del futuro de Michio Kaku y las antologías de poesía europea (la de Rico) y mundial (la de Cátedra), posiblemente motivado por el hecho de que Azorín cita en varias ocasiones a Leopardi.

La verdad sobre el caso Harry Quebert (nota = 6,3)

Todo empezó cuando vi el nombre de Joël Dicker en El Cultural del ABC y decidí comprarme por Amazon La verdad sobre el caso Harry Quebert y regalárselo a mi madre. Todo empezó mal, porque mi madre ya lo había comprado en verano y ya se lo había leído. Lo bueno es que ahora se lo había dejado a una amiga, así que por lo menos no teníamos los dos ejemplares en casa, y encima mi madre me dijo que era muy bueno y muy entretenido.

Pues no. La idea de la novela no está mal y se lee rápido, es verdad, pero, para empezar, es excesivamente larga o innecesariamente larga, mejor dicho. Es una historia que se podría haber contado en menos páginas. De hecho, al final la resume el protagonista en menos de 20 páginas y uno se entera de más cosas. Además los personajes son estúpidos: o no se enteran bien de cosas que son obvias o cuentan las cosas de manera encriptada sin venir a cuento o no preguntan cuando tienen que preguntar. Con ese tipo de trampas juega Joël Dicker, saltándose entre otras las reglas de Agatha Christie, cometiendo incongruencias, engañando al lector de una forma burda. Es verdad que la novela refleja a su vez una novela escrita con prisa, en la que no hay tiempo para verificar la información, pero no por eso hay que condenar al lector a leer de más sin darle la posibilidad de adivinar cosas.

En general, coincido plenamente con lo que se afirma sobre la novela en este blog : “Es un libro bien fabricado, que no escrito”. Yo llegaría incluso a decir que hay partes que no están ni bien fabricadas. Y más cuando uno se acerca al final. Al margen de lo mal resuelto que está el tema de la enfermedad de Nola, por ejemplo, el momento de desvelar al asesino recuerda al final de un capítulo de Scooby Doo en el que le quitan la máscara al malo y resulta ser otro, pero vuelve a tener una máscara y es otro y así unas cuantas veces. Vamos, que parece que Joël Dicker ha ido escribiendo la novela según le iban llegando ideas y tratando de justificar lo escrito antes a la fuerza. Puede que lo haya hecho para reflejar cómo lo habría escrito el protagonista Marcus Goldman, pero creo que no lo consigue hacer de manera adecuada.

En definitiva, es un libro fácil de leer, que engancha, que crea expectativas, pero que decepciona a medida que va avanzando. Es una pena porque la idea no es nada mala. A mí me encantan las novelas en las que una parte cambia completamente su sentido dependiendo de la forma, el contexto y el momento en los que se lea, pero aquí se hace de una forma facilona e imposible de predecir para el lector por falta de datos y, sobre todo, porque los protagonistas no preguntan lo que tienen que preguntar, bien porque no les da tiempo o porque se les olvida o porque son un poco cortos. Quizás es culpa mía por ver demasiados capítulos de Bones y de Castle, pero no sé. La verdad es que el libro podría pasar por un capítulo de alguna de estas series.

Por otra parte, a mí, la verdad, se me habrían ocurrido otros finales mucho mejores, puestos a engañar y manipular, como que a la que vio Deborah Cooper no era Nola (en ningún momento lo dice) y que Nola muriera días o meses más tarde, o que el propio Marcus Goldman confesara al final que él fue el asesino y que escribió la novela para encubrirse. Eso sí, por destacar algo bueno, la novela me ha despertado las ganas de escribir de una vez la novela en la que llevo meses pensando.

Sonatas de Valle-Inclán (nota= 6,6)

El otro día preguntaron en Saber y ganar por unas novelas que se estrenaron consecutivamente en 1902, 1903, 1904 y 1905. La respuesta era las Sonatas de Valle-Inclán. Dijeron que estaban entre las mejores novelas del siglo XX en la lista de El Mundo. Ya sabéis lo que me gustan las listas. Estuve buscando las Sonatas por casa, que seguro que las teníamos, pero no las encontré. Mi madre me dijo que se las había llevado mi tío. Pero otro día volvieron a hablar sobre ellas en Saber y ganar, en un especial sobre las mejores novelas del siglo XX, y apareció una foto de la edición de Austral en las que se veía que eran azules. Entonces caí dónde estaban en casa. Una vez terminada la segunda parte del Quijote y después de un fin de semana sin tiempo para leer, me puse con ellas. Decidí leer una cada día ‒son alrededor de 80 páginas‒ alternando su lectura con la de La física del futuro de Michio Kaku. Lo que sabía de ellas es que tratan del Marqués de Bradomín y de cuatro de sus distintos amores.

Aunque en Austral están en desorden cronológico, decidí empezar por la de otoño, que es la que salió en 1902, luego la de estío, luego la de primavera y luego la de invierno. Era la primera vez que leía seguido algo de Valle-Inclán, después de mi fracasado intento de leerme Tirano Banderas al entender solo una de cada cinco palabras (cuando era pequeño).

La percepción general es que están bien escritas ‒nada comparable con el Quijote‒, de manera algo poética y con palabras que me gusta aprender como «espolique» o, al menos, recordar y fijar. Mi madre dice que estas novelas le sorprendieron por lo modernas que son algunas palabras. A mí no me han parecido demasiado modernas, todo lo contrario, me han parecido más cercanas al Quijote, con pronombres enclíticos que son hasta difíciles de leer (nada más abrir uno de los libros para buscar alguno me sale «despojéme»). Los temas me han parecido un tanto ajenos y algo parecidos en todas las sonatas. Normalmente el Marqués llega a una casa donde se queda unos días y trata de ligarse o se liga a alguna, siempre de una manera un tanto forzada, incluso cuando ellas aceptan, tipo Volver a empezar, ahora que la he visto, pero de una manera como más indecorosa, por no decir sucia. Un donjuán, como dicen, pero más oscuro. Y siempre le pasa algo con alguien para que le quieran echar. Hay algunas frases de las de subrayar, como cuando se queda manco y dice que “en nuestra vida de hoy, basta y sobra con uno” porque tenemos dos brazos “como un recuerdo de las edades salvajes, para trepar a los árboles”, pero en general son historias bastante planas y con temas circundantes que no aportan demasiado.

La conclusión es que se puede leer una y ya está. Quizás la de estío es la que más llama la atención, aunque la de invierno tiene el aliciente de que sale lo de «feo, católico y sentimental». Otra opcion sería ver la película de Juan Antonio Bardem basada en las Sonatas. Yo, si la encuentro, la veré por curiosidad. Aquí un extracto en youtube con una de las frases llamativas:

El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (nota = 9,1)

Sí, puede sonar típico, pero la segunda parte del Quijote supera el 9. Llevaba años queriendo leérmela, no solo por el bochorno de no habérmela leído como filólogo, sino porque la primera parte me gustó mucho, no ya por las historias, que en algunos casos son aburridas, sino por la forma en la que Cervantes utiliza el español, a mi gusto de manera insuperable. He de reconocer que la primera parte me la leí dos veces, la segunda vez en busca de lo de “con la iglesia hemos dado, amigo Sancho”, con el consiguiente desengaño al descubrir que la frase debía estar en la segunda parte. Luego ya no tuve tiempo de leer la segunda parte hasta ahora. Uno de los principales motivos por los que he vuelto a ella es que quiero escribir una novela al modo del Quijote y quería captar el estilo de burla, pero a la vez tan elaborado de Cervantes. A mí generalmente se me queda con facilidad el estilo de lo que leo. Cuando leí la primera parte llegué a pensar al estilo de Cervantes y casi a hablar.

Pues como no podía ser de otra manera, la segunda parte es una obra maestra, diría que incluso mejor que la primera. Cervantes, claramente, usa el español mejor que cualquier otro escritor. Cuando llevas 100 páginas, te das cuenta de que casi no te ha contado nada, pero has estado entretenido y envuelto en las palabras sin enterarte. Cualquier cosa sonaría bien contada a su manera, pero es que encima la forma en la que don Quijote va convenciendo a Sancho de todo, la inocente manera de hablar de Sancho, las ilusiones conjuntas, los encuentros con otros, las frases lapidarias de don Quijote, son deliciosas. Subí a Facebook la parte en la que a unas mujeres les salen barbas por un encantamiento y no podía parar de leer el párrafo una y otra vez, disfrutando en todas. También es muy graciosa la forma en la que Cervantes se ceba con el autor de la segunda parte falsa del Quijote, Avellaneda, hasta el punto de que don Quijote no pasa por Zaragoza para evitar que pase lo mismo que en el Quijote de Avellaneda. Da mucho juego en el libro, además, el hecho de que algunos personajes se hayan leído la primera parte del Quijote y reconozcan así a don Quijote y Sancho. Pero, sin duda, lo mejor es cómo don Quijote va respondiendo a Sancho preguntas de las que el lector se cree que don Quijote ya no tiene salida. Las respuestas de don Quijote convencen hasta al lector. Me encanta, por ejemplo, que muchas cosas las atribuyan a los malvados encantadores.

Es pues esta una lectura deliciosa. Ahora, si no tuviera que variar en las lecturas por el síndrome de Fausto, me habría puesto con las Novelas ejemplares y demás obras de Cervantes.

Ah, por último, me ha quedado una duda con lo de la ínsula de Barataria. Yo siempre había pensado que cuando prometían a Sancho una ínsula -por cierto, las respuestas de Sancho cuando es gobernador de la ínsula de Barataria no tienen desperdicio- que cuando le prometían una ínsula, digo, se referían a una isla, pero luego parece que es solo una parte de una región con gobierno y así aparece en el DRAE, aunque pone a semejanza del Quijote, lo cual no sé si significa que a partir del Quijote se empezó a llamar ínsula a eso o si ya se llamaba así. Lo que pasa es que luego en el libro un personaje le dice a Sancho que cómo va a haber gobernado una ínsula si para eso tendría que haber cruzado el mar hasta llegar a ella. Un lío, vamos.

Y, hablando de ínsulas, ya sí que para terminar una frase de Sancho que bien se podrían aplicar algunos políticos:

“Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas.”

La busca de Pío Baroja (nota = 6,4)

También ayer terminé de leer La busca, la primera parte de La lucha por la vida de Baroja, una de las muchas ausencias en mi currículum lector. En general me ha parecido fácil de leer, entretenida, con un vocabulario divertido (me alegró mucho encontrar, por ejemplo, la palabra «francachela», por la que habían preguntado el otro día en Saber y ganar), pero como me pasa con Galdós y, en este caso, con razón, con un tema que puede ser interesante, pero que no me atrae. ¿Por qué les gustaba tanto el tema de los mendigos? Considero además que le falta un poco de continuidad, en el sentido de que Manuel va saltando de un sitio a otro sin que el hilo esté del todo conseguido. Aparecen demasiados personajes nuevos por ráfagas y hay saltos temporales al gusto. Por otra parte, siento curiosidad por saber lo que opinan los que no conocen Madrid y sus calles. A mí mismo me habría gustado conocer un poco mejor Madrid para poder seguir a los personajes por las calles. Como me pasa con muchos clásicos, el gusto que me queda es que sí, bueno, está bien escrita, se aprende, pero no es para tanto.
En cualquier caso, he de reconocer que me sentí muy tentado a seguir leyendo Mala hierba, la segunda parte de la trilogía, pero supe frenarme a tiempo, acatando mi plan de leer la mayor variedad de cosas como me sea posible y, solo una vez hecho esto, leer segundas partes y releer obras. Es lo que tiene padecer el síndrome de Fausto.

Lo siguiente es otra ausencia importante: la segunda parte del Quijote.

En la orilla de Rafael Chirbes (nota = 4,2)

Ayer terminé de leer el último libro de Rafael Chirbes, En la orilla, esfuerzo realizado por aquello de que ha sido nombrado como el mejor libro (¿novela? ¡no!) de 2013 por algunos. Convencí a mi madre para que lo comprara. Tenía curiosidad por leer algo de Chirbes por el éxito de Crematorio (aún no he visto ningún capítulo y, visto lo visto, no me compraré el libro). Mi madre, como siempre, empezó el libro antes que yo y lo dejó en la página 95, alegando que le estaba dando asco, que era un libro con mal olor, barro, suciedad. Mayor motivo para leérmelo; el que mi madre lo hubiera dejado, digo, no el olor.

Casi llegué a la página 95 en la primera noche, con el consecuente estupor de mi madre, que considera que no puedo leer más de 60 páginas seguidas. Acabé ese tramo impaciente por saber quién era el asesino, asumiendo que seguramente se descubriría en el pequeño último capítulo (solo hay 3); quizás debería dejar de ver tanto Castle y Bones. Hasta el momento no había pasado nada, salvo una sucesión de monólogos y pensamientos de personajes, en una maraña de voces que no llegué a entender. Supuse que esto cambiaría a lo largo del libro. Pero no. Personajes que se entremezclan y que no vuelven a aparecer salvo en alusiones intercaladas y esporádicas (¿Ahmed?), relaciones entre ellos que no se entienden bien. Supongo que con una lectura muy atenta y detenida no habría tenido ese problema. Al final el libro se reduce a un conjunto de reflexiones sobre la sociedad actual, sobre cómo hemos llegado a esto, más bien sobre cómo nos han llevado a esto, y ya no digo solo en la sociedad, sino sobre cómo nos han llevado a que un libro como En la orilla sea el mejor libro de 2013, un libro en el que gente inocente nos sentimos culpables, aunque solo sea por leer algo así. Yo no sé mucho, pero a mí me gustan otras cosas. Si la sociedad está mal y nos come el pesimismo, creo que lo mejor sería escribir libros que nos animaran, que nos propusieran soluciones, que nos convencieran de que se puede salir, no libros que nos enfangaran en un marjal que se convierte, dicho por el mismo Chirbes en un podcast con una entrevista suya que escuché, en el lugar que une al final a todos los personajes, algo, por cierto, muy cogido por los pelos. Pero, claro, los críticos y los premios son como una pescadilla que se muerde la cola y la gente que, como yo, tratamos de enterarnos de lo que pasa por el mundo tenemos que tragarnos cosas como esta.

Hoy empiezo La busca de Baroja.