Ocho apellidos catalanes (nota = 6,3)

Crítica de EL PRÍNCIPE DE VER/LEER

Yo soy de los aparentemente pocos a los que no les gustó y lo manifetsó abiertamente (seguramente hay alguno más que no se atreva a salir) Ocho apellidos vascos. Me pareció una película con un humor muy simple y manido y, por tanto, poco gracioso, metido a capón en una historia artificiosa y de poco ingenio. Ya antes de ir a verla me temía que no me iba a hacer gracia ni a mí ni al resto, salvo por el efecto bola de nieve, algo que quedó patente cuando la gente, predispuesta por la crítica a reír, se carcajeaba ya con los anuncios.

Me resistía por eso a ver Ocho apellidos catalanes (que ya podrían haber sido nueve, con lo que me gustan a mí los títulos de secuelas en lo que se añade un número como Ocean’s Twelve), pero como la curiosidad siempre mata al gato acabé cayendo y fui a verla.

Y, bueno, al menos no hubo risas en los anuncios, pero, claro, sí las hubo en momentos de chistes tontos, de confusiones repetitivas de nombres y de situaciones más que vistas. Por un momento pensé que había risas en off o enlatadas. No me podía creer que esas cosas le hicieran gracia a gente no solo joven sino mayor, gente que ha tenido que leer a Poncela o que haber visto las películas de los hermanos Marx o de Alfredo Landa, todas con un humor parecido, pero más sutil, cuando no copiado por esta. Muy raro. Y en dos o tres momentos con algo de gracia («Tienes menos ritmo que una gotera», por ejemplo) no se oyó ni el atisbo de una sonrisa.

Por otro lado, si la primera tenía un argumento malo, el de esta es ya la repanocha. Una mezcla de Good bye, Lenin! con Hotel Transylvania (no preguntéis por qué, ni yo sé por qué lo digo) y lo peorcito del cine español de enredo.

Dani Rovira y, sobre todo Clara Lago, que parece que aún no se ha enterado de que estas películas son comedias, vuelven a actuar de manera muy afectada, teniendo Karra Elejalde, con algo de ayuda de Carmen Machi, que volver a salvar la película. Sorprende que Berto Romero no sea lo peor, pero, claro, al lado de Rosa Maria Sardà, supuesta actriz, la sorpresa se deslíe.

Como ya pensé en la anterior, qué mal debe estar el público español, sea por falta de cultura, por ansia de humor o por lo que sea, para que estas películas hayan batidos récords o registros, y cuánto deben agradecer Martínez-Lázaro, Cobeaga y San José cada noche, que sus películas hayan caído en el momento perfecto (esta un poco menos), conscientes seguramente de que un poco antes o un poco después ambas podrían haber sido consideradas desde casposas hasta ridículas, pasando por tontas, manidas e, incluso, siendo todo el mundo tan sensible, ofensivas. Lo que es la puntería y la suerte.

¿Por qué se llama Ocho apellidos catalanes? En la anterior, para hacer parecer Rafa (Dani Rovira) que era vasco y no andaluz, soltaba una ristra de apellidos vascos tomados de la cultura popular, entre los que se encontraba, para regocijo del público, Clemente. En esta ocurre lo mismo, pero con apellidos catalanes, entre los que también hay algún intruso desternillante (para el público, no para mí). No es Iniesta.

¿Por qué o por qué no verla? Hay que verla porque la gente hablará de ella. Si la he visto yo y sigo con vida supongo que el resto también sobrevivirá. Según mi acompañante, la señora de detrás de mí dijo que le había parecido mejor que la anterior. No era difícil y, aun así, la anterior para mí tenía algo más de gracia.

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