Hombres buenos de Arturo Pérez-Reverte (nota = 6,4)

Crítica de EL PRÍNCIPE DE VER/LEER

A pesar de lo poco que me gustó La tabla de Flandes, de la que dije que parecía estar escrita por un niño, quería leerme alguna otra novela de Reverte, tal vez El club Dumas. Y entonces publicó Hombres buenos.  Era perfecto: una novela de actualidad, de un autor del que quería leer algo y, encima, sobre un tema que me atañe, como es el de la historia de la RAE. En cuanto pude me puse con ella.

Doy mi palabra de que empecé a leer la novela sin prejuicios, con ilusión incluso, y con algo de curiosidad por las partes que me habían contado que tenía en las que el autor explica cómo fue construyendo la novela.

Aun así, no tuve que esperar demasiadas páginas para empezar a desencantarme. Ya antes de que los académicos partan a París en busca de la prohibida enciclopedia francesa, uno pierde el interés por dos motivos fundamentalmente, ambos relacionados con la artificialidad o afectación de Reverte.

El primero es que se sigue notando en él una obsesión por una sintaxis y un léxico que no le son naturales y que, por tanto, agotan y rechinan, pese a la belleza intrínseca que poseen muchas de las palabras y giros que emplea.

El segundo motivo es que cuando al principio se va presentando la trama uno cree que Reverte ha encontrado una apasionante historia. Pero el desarrollo y las propias confesiones metaliterarias del autor pronto hacen ver que lo que nos va a presentar realmente es una historia inventada —bien documentada, eso sí— y alargada aposta, de la que luego se ve que cuenta lo que quiere, se salta lo que podría ser más divertido y alarga las partes más insulsas. Probablemente lo poco divertido es el duelo y es de los peores que recuerdo en cualquier obra que haya visto o leído.

Lo demás, es decir, la paja que contribuye a hacer que la novela sea insultantemente larga, es un conjunto de conversaciones a cual menos interesante, donde supuestamente se debaten con ingenio e innovación ideas que en verdad son poco sugestivas y atinadas, que lo único que consiguen es mostrar que el autor sufre una amargura profunda por la situación actual, la cual trata de solucionar acudiendo a un pasado que, por mucho que defendiera la razón, lo hizo de la errática manera que nos ha llevado al mundo actual. Consiguió que se acabara perdiendo el respeto y la admiración por lo profundo y diferenciador del ser humano en pro de una ciencia que sigue sin explicar nada, por mucho que consiga resolver problemas superficiales.

Esta amargura y el resquemor que parece tener el autor hacia cierto tipo de personas hacen que todos los personajes caigan mal y, por tanto, que las situaciones en las que se ven envueltos carezcan de interés ni atractivo. Y esto, por supuesto, sin olvidar lo aburrida, pese a o precisamente por lo poco densa que es la historia. Quizás el autor en vez de emplear tanto tiempo y dinero en documentarse, podría haberle dedicado más tiempo a la imaginación. Sin duda un viaje desde Madrid a París en aquella época tuvo que dar pie a cosas más interesantes. Al final lo más divertido son las partes en las que Reverte cuenta cómo se documentó para la novela, pero por mero cotilleo.

En definitiva, nos encontramos ante un libro quizás algo más maduro que La tabla de Flandes, pero que no me parece digno de un miembro de la Real Academia ni de un escritor de renombre, tanto por su estilo como por su forma.

¿Por qué se llama Hombres buenos? Porque supuestamente los hombres que tratan de avanzar en el conocimiento son hombres buenos. Tal vez toda la obra, desde su título, es una ironía, porque buenos buenos como personas, tampoco se puede decir que sean estos personajes, y si es por esforzarse por el progreso de la ciencia, hay que saber que no solo existe una manera de acercarse a ella. No sabemos si la Enciclopedia ha podido causar daño al conocimiento por aquello de hacer que nos basáramos desde entonces en esas ideas y hacer se haya perdido de alguna forma el espíritu epistémico y heurístico. Si ya está todo ahí, para qué investigar más, podrá decir alguno.

¿Por qué o por qué no leerla? No se debe leer. Diría que es hasta dañina. Es larga, pesada, artificiosa en todos los sentidos y transmite una sensación de rebote y resentimiento con la vida y con el mundo actual poco conveniente. Si uno vuelve a lo humano, es posible reencontrar la felicidad, y para eso no hace falta saber cuántas patas tiene una araña. Lo primero es lo primero y llevamos un tiempo en el que el ser humano está siendo avasallado y relegado a un segundo plano por las cosas, incluso por creaciones suyas; es quizás una rebelión de los robots de la que se habla en ciencia ficción, pero más sutil y silenciosa.

Aun así, como mi recorrido lector es independiente y no está reñido con la calidad de lo leído, en el futuro leeré alguna más de las novelas de Reverte que están en mis listas.

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