Los detectives salvajes de Roberto Bolaño (nota = 6,4)

Crítica de EL PRÍNCIPE DE VER/LEER

Me sorprendía siempre ver que en listas populares como las del 20 minutos se incluyeran las obras de Roberto Bolaño entre las primeras de las mejores novelas en español. La primera vez que vi esto yo ni siquiera sabía quién era Bolaño. Tanto me sorprendió que me compré Los detectives salvajes. Eso sí, tuvieron que pasar bastantes meses hasta que me decidí a ponerme con esta novela de 600 densas páginas.

No la empecé con demasiado entusiasmo por el inicial formato tipo diario y porque, pese a lo que se lee en la contraportada del libro, fui viendo que la novela no trataba casi para nada sobre la búsqueda de la poeta Cesárea Tinajero. Al final la búsqueda en sí, aparte de ocupar pocas páginas del final (de las mejores, todo hay que decirlo), no es una búsqueda detectivesca siguiendo pistas misteriosas (pese al título), sino una búsqueda más bien espiritual, de la esencia de la poesía y de la identidad propia, búsqueda que, esta sí, se acomete a lo largo de toda la novela.

Para ello, en la segunda parte, el autor utiliza una técnica, para mí liosa, poco atractiva y hasta podría decir que impertinente y maleducada con el lector. Lo que hace Bolaño es contarnos una historia rota en pedazos, que son los testimonios de muchos personajes, todos ellos manejados, o al menos influidos, por los dos electrizantes e hipnotizadores protagonistas, Ulises Lima y Arturo Belano (álter ego de Bolaño). Se hace así muy difícil seguir la historia, a partir de todas estas infrahistorias que nos van llevando a distintos sitios con distintos puntos de vista. Aunque verdaderamente tampoco hay ninguna historia que seguir, no se sabe bien a dónde se quiere llegar. Ya digo que la búsqueda de la poeta es lo de menos, como se ve por lo que finalmente pasa.

Al final lo que se ve es que esta novela es una especie de Rayuela, solo que, desgraciadamente el parecido se consigue a base de imitar las partes que menos me gustaron de ella y, por supuesto, sin llegar al dominio del lenguaje de Cortázar ni al dominio de la expresión de sentimientos, con el que Cortázar es capaz de decirlo todo sin decir nada (lo cual no quiere decir, ojo, que Bolaño escriba mal). De esta forma, hay muy pocos fragmentos que destacar en Los detectives salvajes, por no decir ninguno, algo sorprendente habiendo tantas historias íntimas. Pero, claro, ese es el problema de centrarse en personas vacías, personas, por desgracia, tan abundantes hoy en día, que, por creerse o por querer creerse superiores a los demás desdeñan lo anterior, desconfían de la experiencia de los demás y acaban tropezando con las mismas piedras que otros tropezaron hace muchos años. Y todo porque no quieren creerse las consecuencias que sus actos pueden tener. Curiosamente la parte que más me gustó de todo el libro fue la del personaje que todo el rato cita frases en latín.

La sensación final que me dejó es la de una novela construida de una manera interesante, no sé si valiosa, que para un mayor disfrute requiere, sin duda, una lectura más atenta que la que yo le he dedicado. Pero, sinceramente, tampoco hace demasiados méritos para que uno emplee más tiempo del que ya lleva leerse el innecesariamente elevado número de páginas que tiene. En la novela se dice que, aunque es bueno leer, el secreto de la vida no está en los libros. Desde luego, en novelas como esta no está el secreto, al menos para los que sí somos capaces de sentirnos perdidos y nos gusta escuchar a los que ya tropezaron para encontrarnos.

¿Por qué se llama Los detectives salvajes? Pues la verdad es que no lo sé bien. Así es como se llama la segunda parte, que es justo en la que no hay búsqueda de la misteriosa Cesárea (un misterio que es de lo mejor de la novela, con el estúpido poema incluido). Quizás sea verdad que lo de detectives salvajes sea porque los personajes buscan a destajo algo a lo que aferrarse en la vida y creen encontrarlo en la penosa seguridad de Ulises Lima y Arturo Belano, personas que, por hacer lo que les viene en gana, acaban enfadando, pero a la vez atrayendo a los demás, cuando en verdad no son más que personas perdidas en el mundo.

¿Por qué o por qué no leerla? Es una novela de las raras y que, al margen de algunas historias interesantes (si es que no se conocen ya), ofrece poco más. A los que les gusten las íntimas, tórridas y turbulentas relaciones de los personajes de Rayuela más allá de la forma en la que se describen, podrá gustarles esta novela, a la que no le falta prostituta, chulo, sexo de todo tipo y demás. También puede gustarles a los que les agrade el rollo maldito de los poetas, algo que a mí me parece que no hace sino cargarse la poesía y desprestigiarla. En fin, si no fuera por las votaciones en las listas populares, yo diría que deben desifrutar más de la novela los entendidos por su forma que el resto de los mortales por su contenido.

En cualquier caso, si algún día me da por leerme la novela otra vez, prometo prestarle un poquito más de atención.

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