El asno de oro de Apuleyo (nota = 7,1)

Ya desde pequeño, antes incluso de estudiarla en el colegio, El asno de oro era una novela que quería leer cuando la veía entre los demás libros púrpuras de la colección Libra. Quizás fue la desatinada decisión de leerme Los últimos de Pompeya de Bulwer Lytton lo que me hizo entonces perder el interés por más libros de esa colección. Aun así, El asno de oro aguardaba pendiente su turno en todas mis listas. El otro día leyendo La semilla inmortal salió citada la historia de Cupido y Psique de esta obra al hilo de historias como la de la bella y la bestia. Y vi en el Metrópoli de El Mundo que Rafael Álvarez, el Brujo, ha estrenado en Madrid una adaptación. Era el momento de acometer esta, a priori, curiosa y extraña obra.

Vencí el rechazo que Libra me producía y me leí El asno de oro de esa colección. No sé qué traducción se empleará en otras colecciones, pero en esta tuve la suerte de encontrarme con la atribuida a Diego López de Cortegana, de principios del XVI, época para mí con el mejor y más delicioso, gozoso y deleitoso español, época que culmina con el Quijote. Este motivo ha sido, casi en exclusiva, por el que la nota del libro no ha bajado de 7. Porque la obra en sí, como ya se advertía en el prólogo de esta edición, es bastante aburrida y cae en extremo en el defecto que la primera parte del Quijote tiene, a saber, embutir o endosar historias que poco tienen que ver con la historia narrada. La parte que más podría interesar, es decir, aquella en la que se describen las vicisitudes de Apuleyo una vez se ha convertido en asno, aparte de empezar algo tarde, encima no es demasiado graciosa, salvo cuando se libra de peligros por medio de pedos o chisquetes, que creo que incluyen líquido.

El resto son historias algo procaces e indecorosas, en las que destacan las infidelidades e, incluso, los incestos, actos zoofílicos y demás de los personajes. Es sin duda sicalíptica. Se salva, no obstante, este estilo al menos por dos motivos. El primero es porque sirvió como arranque de la novela picaresca, un género que tan buenos momentos me ha hecho y me hará pasar (cuando me lea Guzmán de Alfarache, entre otras) y que con tan grandes obras ha nutrido a la literatura española y a otras literaturas (véase Tom Jones, por ejemplo).

El segundo motivo por el que se puede librar de la quema esta obra es por el mensaje que quizás quiera transmitir, el de una sociedad corrompida donde todo vale y el espectáculo es lo que prima, más allá de la razón, una sociedad en la que un asno parece tener más valores que las personas. Esto sucede cuando en una sociedad se permite todo porque hay que ser tolerantes, es el buenismo extremo, el tolerantismo, que no es otra cosa que el irresponsabilismo. El hombre no nace sabiendo cómo comportarse en sociedad y la obligación de la sociedad es educar y no permitirlo todo, como ocurre actualmente en esta perversa e imprudente moda de entender mal la libertad de expresión.

Por tanto, estos dos puntos, sumados al placentero estilo de la traducción, hacen que se pueda leer la obra a pesar de las constantes historias interruptoras, donde por ejemplo la de Cupido y Psique ocupa más de capítulos.

¿Por qué se llama El asno de oro? Pues ahora que lo pienso no sé por qué es lo de oro. Lo del asno es porque el propio autor, Lucio Apuleyo, atraído por las artes mágicas, quiere convertirse en ave para poder volar, pero por error se convierte en asno y esto desata una serie de situaciones en las que se ve en peligro y en la imposibilidad de comunicarse con los demás. La obra también se llama Las metamorfosis.

¿Por qué o por qué no leerla? La obra es bastante aburrida y tiene el problema de las largas historias que se encasquetan, pero es interesante presenciar la degradación de una sociedad (en el siglo II d.C) que llevó a la decadencia de Roma y que, tristemente, en algunos aspectos se parece demasiado a la nuestra actual. También es interesante conocer los orígenes de uno de los mayores logros de la literatura española, la picaresca. Recomiendo encarecidamente, eso sí, leer la traducción de Diego López de Cortegana.

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