Señas de identidad de Juan Goytisolo (nota = 5,7)

Habiendo conseguido el premio Cervantes Juan Goytisolo, tenía que leer algo suyo. Me sonaba que tenía por mi cuarto Señas de identidad de los 100 de El Mundo, así que decidí leerme ese, que luego vi que es probablemente el mejor suyo. Esperaba tan poco del libro como espero de cualquier novela española medio moderna y más teniendo la sospecha de que en este no había signos de puntuación.

Pues bien, por suerte solo el principio y alguna parte intermedia del libro carecen de los signos de puntuación. Pero tampoco hay demasiada diferencia con el resto de partes. El libro es un conjunto de frases e historias que se suceden de una manera bastante poco atractiva. En la introducción de Juan Bonilla se lee que el autor juega con el ritmo y es verdad. Tan bien juega que lo que consigue es crear un soniquete o una melodía que duerme o más bien que hace que sea muy difícil enterarse de lo que uno está leyendo y perderse en los pensamientos propios ante cualquier palabra mínimamente evocadora de una preocupación personal. Esto se acrecienta con el excesivo número de ocasiones en las que se emplea el francés, la falta de linealidad en la narración, la insoportable abundancia de listas y enumeraciones (recurso que detesto con el alma), las inútiles, aburridas, innecesarias y empalagosas descripciones de paisajes (en un caso me vi obligado a escribir indignado que esa parte sobraba) cargadas de garambainas (palabra que aprendí en esta novela), las abrumadoras partes en cursiva que ralentizan la lectura y aparentemente no aportan nada (como la espantosa parte de Gorila, Gitano y no sé quién más) y el escaso interés que suscitan los personajes. Y todo ello para no llegar a emocionar en ningún momento tal y como debería hacer un libro con un tema tan delicado. Algo que, sin ir más lejos, su hermano José Agustín (con la ayuda de Paco Ibáñez) conseguía con sencillos y poemas algo más breves.

Es, por tanto, un libro que requiere una dedicación y un tiempo excesivos si se quiere leer bien y aprovechar, tiempo que recomendaría emplear en leer una y otra vez el Quijote, por ejemplo. Solo salva al libro el español tan preciso, bonito y delicado que emplea el autor. Bien es cierto que muchas de las palabras y expresiones que se usan las pongo en boca del personaje de mi novela como parodia contra los que innecesariamente hablan con sinónimos poco conocidos. Pero aquí, creo justo elogiar también la cuidada y atractiva sintaxis que se ofrece.

Pero es que además el autor utiliza sus artificios y tejemanejes vanguardistas de una manera caótica y difícilmente justificable, con lo que se demuestra una vez más que para innovar a peor, es mejor quedarse como uno está. Como le dijeron a Bolo en un partido del Rayo cuando intentó marcar de tacón, si no sabes marcar ni de frente, no lo intentes de espaldas.

Así pues, al margen de si uno está de acuerdo o no con las ideas expuestas en el libro y sobre el sentimiento que provoca vivir en nuestra España (se nota mucho el cambio, por ejemplo, cuando uno vuelve después de algunos meses de estancia en Noruega y solo cuando se está en algún aeropuerto cerca de España se empieza a oír el griterío), al margen de eso, digo, la novela es un petardo muy difícil de leer, aunque, eso sí, con un español muy decente y un vocabulario en ocasiones delicioso.

¿Por qué se llama Señas de identidad? Dentro de lo poco que me interesó y de lo poco que me enteré de la novela, el personaje Álvaro de Mendiola, al volver a España del exilio busca sus señas de identidad. Casi al final de la novela el protagonista se encuentra o, utilizando el casposo tú con el que nos atormenta el autor, según leo emulando a Cernuda, te encuentras «extraño y ajeno a ti mismo, dúctil, maleable, sin patria, sin hogar, sin amigos, puro presente incierto, nacido a tus treinta y dos años, Álvaro Mendiola a secas, sin señas de identidad».

¿Por qué o por qué no leerla? Que se abstenga de leerla quien tenga pendiente cualquier otro libro clásico del español. Que se abstenga a quien le gusten las historias bien estructuradas e interesantes. Que no se abstenga quien quiera comprobar cómo se entrega otro Premio Cervantes a quien no se debe y quiera entender por qué la gente ya no quiere leer la supuestamente buena literatura al relacionar a estos con los verdaderamente buenos e inimitables autores. Que no se abstenga quien quiera un trampolín para ponerse a pensar en sus cosas.

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