La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon (nota = 6,8)

Muchos son los motivos que me llevaron a leer ayer La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon. Me compré el libro hace tiempo, creo recordar que en una de esas veces en las que se empiezan a barajar posibles ganadores del Nobel de Literatura y me entra el agobio por no haber leído nada de alguno de ellos. Compré esta obra en concreto porque está considerada como una de las mejores novelas del siglo XX (bueno, de 1923 a 2005 por la revista TIME). Desde que me la compré, he tenido esta obra esperándome en mi cuarto y en el primer puesto de la primera página de mi famosa lista., siempre sintiendo algo de pereza por leerla, víctima del típico síndrome de libro que está primero en la lista. El empujón para vencer esta pereza llegó a partir de que Paul Thomas Anderson (el director que me aburrió con Pozos de ambición, pero del que no puedo opinar mucho porque no he visto The master, Magnolia o Boogie Nights) va a sacar una adaptación de otra de las obras de Pynchon, Vicio propio o Inherent Vice, y a partir de que precisamente por esta película, un amigo que estaba preparando un artículo para Kulturtado sobre ella, me preguntó si había leído algo de Pynchon. Consideré entonces que tenía que leer La subasta del lote 49 ya, dejando para más tarde El proceso de Kafka.

Y, aunque era consciente de que sería un libro de los (pos)modernos que no me gustan, tipo El mar de Banville o Desgracia de Coetzee o La historia siguiente de Nooteboom, no me esperaba el libro así en absoluto. No sé si está hecho aposta, pero es un libro paranoico y alucinógeno, que nos va llevando como a saltos de un sitio a otro siguiendo a la protagonista, Edipa, nombrada albacea de la herencia de un amante suyo, en busca de un misterio relacionado con esta herencia y que no se llega a saber si al final es verdad o si solo es una paranoia de la protagonista o un “bromazo” del fallecido. Digo lo de que no sé si está hecho aposta porque Edipa en la novela se ha sometido a experimentos con drogas y sería un buen recurso que el narrador se contagiara de ese estado de éxtasis, un éxtasis que, según se dice al final, puede ser la única manera de soportar la vida en América, una difícil vida en la que, por ejemplo, la protagonista ha perdido a todos sus hombres y no sabe qué es real y qué es ficticio.

Por este éxtasis o por la complicada sintaxis que a veces se nos presenta, tanto el relato como la protagonista son difíciles de seguir. Y esto hace que quizás el argumento se nos quede un poco lejano, que nos quedemos atrás, y que, consecuentemente, la novela no resulte tan interesante como lo podría ser un relato que narra la investigación de una antigua compañía clandestina de correos que aún hoy podría seguir viva, con sus propios símbolos y seguidores misteriosos, con muertes sospechosas, con mensajes escondidos en una obra literaria, con sellos falsos, es decir, tan interesante como puede ser El código Da Vinci, salvando las distancias en cuanto a calidad literaria. Tampoco ayuda mucho a tomarse en serio la novela que, por ejemplo, el marido de la protagonista se llame Mucho Maas. Bueno, peor habría sido Artur Mas.

En general, es un libro corto pero complicado que mehace recelar aún más de la literatura (pos)moderna, incluso de lo que yo mismo escribo, que he encontrado algunas notas comunes entre mi primera novela y esta, como las frases excesivamente largas y cargadas en algunos casos, las referencias culturales o el intercalado de historias que rompen la continuidad del texto. Con todo, trataré de ver Vicio propio, además de las de Paul Thomas Anderson que me quedan.

¿Por qué se llama La subasta del lote 49? Porque la herencia de sellos falsos que ha dejado Pierce, herencia de la que la portagonista Edipa es albacea, se acaba subastando como el lote 49. Estos sellos falsos, con el símbolo de una sordina, son restos de una compañía secreta de correo llamada Tristero.

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4 comentarios en “La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon (nota = 6,8)”

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