Historia de dos ciudades (nota = 7,0)

Otra obra que tenía en la primera página de la mítica lista, que me he dispuesto a completar, era Historia de dos ciudades de Dickens. Como en el caso de Mujercitas, por desgracia, no tengo tiempo para leer la novela, así que vi la película de 1958, en inglés y con subtítulos para que fuera como si por lo menos leyera los diálogos.

La historia aquí es muy diferente a la de otras obras que yo conocía de Dickens, como Oliver Twist, David Copperfield o, incluso Grandes esperanzas, para que no parezca que es porque en esta no sale un niño. Se parece un poco más al estilo de Víctor Hugo o Dumas. Recuerda un poco a El conde de Montecristo. La historia en sí es un poco aburrida con juicios y falsas acusaciones y desigualdades sociales. Destaca la manera en la que se muestra el contraste entre la pulcra Londres y la revolucionaria París, entre las clases bajas y las clases altas, como una muestra bastante buena de por qué se inició la Revolución francesa. La parte del atropello con el carro y la consecuente venganza, por ejemplo, impactan. Para conseguir esto, la peli además está cargada de símbolos, como los estridentes pavos reales. El final es terrible. El sabor que deja es el de que sea la ciudad como sea las injusticias entre unos y otros están presentes.

Como estaba un poco resacoso, no me enteré bien de algunas cosas. Por ejemplo, no entendí por qué Bogarde, al que, por cierto, tengo bastante manía por la tediosa Muerte en Venecia, decide de repente hacer lo que hace jugándose la vida. Tampoco me enteré si los Ebremont eran culpables de verdad o si todo era una trama contra ellos por ser aristócratas. Ahora leo que la familia sí que era asesina y que Carton da la vida porque se lo había prometido en su momento a la chica.

La peli, por tanto, está bien para conocer la historia de Dickens, pero mejor verla en un buen momento para enterarse de todo.

¿Por qué se llama Historia de dos ciudades? Porque la obra va alternando y entreverando historias de dos ciudades, Londres y París, resaltando los contrastes entre ambas. Mientras que Londres es una ciudad elegante y ordenada en la que las diferencias sociales están claras y asumidas, en París estas diferencias han colmado el vaso y se está iniciando la Revolución francesa. Los contrastes se ven ya en el famoso principio:

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.»

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